Viaje a través del infierno
Dicen sobre el infierno, que debe oler a azufre. Dicen que está lleno de fuego, llamas y que estas, arden constantemente. Su calor es insoportable. Dicen de él, que tan sólo aquellos que han vivido en pecado y no reciben el perdón de Dios todopoderoso lo visitarán.
Mi infierno huele a sudor, a tabaco y a perfumes baratos. En mi infierno particular el calor ha sido suplantado por una gélida brisa, por un aire acondicionado, capaz de desgarrarte cruelmente la garganta noche tras noche. Y aunque estoy viviendo en pecado, aún no he muerto, o al menos no he tenido constancia de ello.
En este que es mi Hades, mi submundo. No hay demonios ni ángeles caídos dándome latigazos sin descanso, torturándome a placer durante toda la eternidad. Son las hamburguesas, el atún en lata y la cerveza barata quienes me acosan, me maltratan y me hacen sufrir cada kilometro que recorro en esta pesadilla. Cada euro ahorrado es un pinchazo en mi querido estomago.
Satanás y Lucifer se han encargado de millones de almas en su propio reino. En este inframundo con ruedas, es Paco, el conductor, el único que mantiene atadas nuestras 35 almas a este sin vivir diario.
Lo peor de todo esto es, que durante milenios la gente a intentado dar esquinazo a este país de pesadillas, y nosotros, pobres diablos, hemos tenido que pagar 400 euros por el viaje y lo volveríamos a hacer sin ninguna duda.
Europa, 2009