Archivos para marzo, 2010

El Tedioso Orden

Publicado en Uncategorized el 8 marzo 2010 por baisser

El crepitar de las vigas ardiendo se convirtió en el único  sonido de esta noche de invierno. Sentado en una colina cercana veía el clímax de todas esas noches que paso pensando que es lo que fallaba. Durante décadas, todo en lo que había creído se iba convirtiendo en polvo mientras nadie hacia nada para solucionarlo, aunque en realidad tampoco parecía haber una solución.

Tocar su amuleto siempre le había hecho sentir mejor y este día tan glorioso no paraba de hacerlo, creía en verdad que su dios lo estaría mirando ahora, guiñándole el ojo. Por fin había entendido como devolver todo su esplendor a una iglesia que parecía muerta moralmente, sin vías de escapatoria. La Religión estaba perdiendo su razón de existir en esta sociedad tan asquerosamente ordenada y encasillada. Durante siglos, la humanidad había abrazado fervientemente la razón y el orden, convirtiendo sus vidas en un tedio que parecía no terminar jamás. Sus vidas eran seguras, tenían el estomago lleno y nadie temía por su vida, era el orden, la civilización, la razón. No había razón para querer ganarse el cielo siempre y cuando pudieran tener un segundo más para aprovechar el paraíso terrenal y los sacerdotes de las diferentes ordenes se volvieron ciegos a  todo esto, o quizás ellos mismo prefirieron este paraíso lleno de adosados, comida rápida y telebasura.

El orden por lo tanto se convirtió en el enemigo de la Religión, el cual hacia que esta perdiera todo sentido a existir, había que acabar con ese tedioso orden, con esa buena vida. Tendría que llegar el caos, la guerra, la sangre y la muerte para que las iglesias volvieran a acoger en masa a fieles asustadizos y temerosos de dios, pidiendo una ayuda, una salida de emergencia al infierno en la tierra.

El fuego devoró las últimas casas cercanas a la iglesia que hacía tiempo ardía intensamente haciendo insoportable el calor. Incluso en la colina se notaba aquel calor que tanto había ansiado. El hambre y la destrucción, el desasosiego, el miedo, era lo que necesitaba cualquier religión para prosperar y este sacerdote lo había entendido. El pueblo desapareció esa noche, mientras manoseaba la cruz que tanto consuelo le había traído aquel día.

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