Los baños de las funerarias siempre estaban sorprendentemente limpios. Quizás fuese porque la gente no suele usarlos, o porque la mayoría de sus clientes no pueden usarlos, excepto estos claro. Nunca se me olvidará la cara de la abuela Asunción cuando vio que su hermana salía del féretro y rompía la cristalera para empezar a devorar al tío Ramón. Ninguno de nosotros se movió un ápice mientras el tío pedía auxilio con una voz cada vez más ahogada mientras mi querida abuela rasgaba incansable el estómago de su primera víctima.
El primero en reaccionar fueron algunos conocidos de la recién resucitada. Salieron corriendo como cualquier otra persona cabal haría. La verdad es que eso hubiera sido una buena idea si todos los demás muertos no se habrían levantado.
Cuando apenas quedábamos media docena de personas en pie tuve la brillante idea.
Salí disparado y me encerré en el lavabo esperando a que los gritos de auxilio y socorro se convirtieran en gruñidos de ultratumba.
Fue entonces cuando empecé a ver con mejores ojos a Estados Unidos y sus tejanos con armas. Lo que hubiera dado yo entonces por una buena automática con la que desparramar los sesos de todos esos zombis malhumorados que aporreaban la puerta con mínima eficacia. Yo, que siempre me he creído un fan de todas aquellas películas de zombis de serie B echaba de menos un buen súper mercado donde atrincherarme con alguna persona afroamericana y una buena rubia.
Pero basta ya de soñar. Los zombis son reales, y huelen tan mal como se esperaba de ellos. La puerta no durará mucho más en pie, y es hora de buscar alternativas. Una de ellas es abrir la puerta y salir corriendo esperando que los zombis sean tan lentos como siempre nos han contado. La otra alternativa es llamar a la policía.
Sin cobertura
Genial
Quito el pestillo y salto sobre lo que queda de mi primo que se arrastra por el suelo sin una pierna. La mayoría de ellos podrían pasar por gente normal si no fuera por la sangre que les sale a chorros por todos los lados y la mirada sin pupilas dirigida hacia la única persona con un cerebro intacto todavía.
Corro como un poseso dejando atrás a todos mis perseguidores, ni siquiera tienen fuerza para agarrarme las piernas o los brazos. Llego a la entrada y es entonces cuando veo el cadáver del guarda de seguridad, con la pistola en la funda. Al parecer alguno de los comensales tenía demasiada hambre y no queda más que una masa sanguinolenta de la cara del pobre Francisco, a punto de jubilarse.
Cojo la pistola, y empiezo a disparar. Intento apuntar a la cabeza y noto el pequeño retroceso del arma de fuego, los casquillos por los suelos y las cabezas explotando a mí alrededor, ensuciándome de sangre ajena y sintiéndome mejor que nunca.
Creo que no voy a escaparme, al menos hasta que se me gasten las balas.
La felicidad está a una invasión zombi de distancia.