Recluso

Cuando las cadenas son puestas voluntariamente aprietan más que nunca. Los latigazos consentidos duelen horrores y dejan la carne de la espalda a tiras. El dolor es algo insoportable y después de ducharse, el joven no logra mirarse en el espejo de su celda.

Cuando llega el amanecer, recoge su ropa y sale de la cárcel como si no hubiese pasado nada. Los demás reclusos se preguntan porque vuelve día tras día pues nunca ha sido culpado de nada, y si lo ha sido, nadie sabe a ciencia cierta de que.

Pero para él, el castigo más duro nunca fueron los latigazos o la humillación de la cárcel, el castigo más duro era no poder quedarse dentro de su celda como todos los demás.

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