Tergiversando
El filo resplandece esta noche. Iluminado por la luz de la luna el cuchillo parece un símbolo de cualquier cosa que esté pensando el joven. Las luces de las farolas crean unas sombras terroríficas con los arboles en los que antaño jugaba con aquel balón de plástico. La iglesia toca las doce, llega la hora en la que el niño dejará a un lado su vida y gritará una última vez a todas las personas que un día le hicieron daño.
Los charcos de la pequeña plaza empapan sus deportivas y la lluvia, suave, amigable, refresca sus ideas una vez más. Coge las llaves y abre el portal.
El ruido de las tablas de madera siempre le ha parecido divertido, ya que nunca a llegado a saber que ruido harán la próxima vez que las pise y esta vez a intentando oír ese ruido más que nunca, parece como si fuera a echar de menos ese chirriar tan familiar.
Mientras sube los cuatro pisos del edificio recuerda como hace tiempo que dejo de llamar al vecino para tomar prestados todos aquellos comics que no entendía, pero con los cuales pasaba tardes enteras viendo sus dibujos, llenos de palabrotas y sangre. Su vecino siempre le dijo que eran increíbles, por su gran trama y sus elaborados diálogos, pero el tan sólo tenía ojos para aquellos dibujos que ocupaban hojas enteras.
El viento soplaba con fuerza en la azotea de su casa. La luna lo miraba con desdén y las estrellas habían desaparecido entre las nubes de esta noche tan tranquila. Pero quizás cuatro pisos no eran suficientes. Aunque había pensado en esto también, y el cuchillo podría ayudarle en su empresa. Durante todo este tiempo, había pensado en esta idea y siempre llegaba a la misma conclusión. Estaba harto de toda esa gente que había usado este acto para su fama, su gloria o su propio ego. Pensaban que así todo terminaría, pero no era más que puro egoísmo, o al menos eso pensaba él. ¿Quien sino se tiraría de un puente en medio de una ciudad? ¿Cansado de la vida? Para acabar con ello no tiene porque verte nadie o saber nadie lo que te ha pasado, no necesitas dejar un charco de sangres y sesos en las aceras de una ciudad, no necesitas escribir una última carta, no. Si estas aburrido, no necesitas nada de esto.
Lo que el pobre chaval iba a hacer era digno de cualquier revolucionario de este siglo. El aburrimiento no era la excusa para intentar ser alguien en esta vida, no.
Empieza a dolerle la cabeza. Todo este viento de invierno ha hecho mella en él y a pesar de llevar una cazadora y varias camisetas, tiembla de frio. Corta la fina tela de carne y deja manar la sangre tibia por todo el cuello hasta manchar la ropa. Se adelanta y mira hacia abajo. Esta seguro, cuatro pisos no serán suficientes pero espera desangrarse antes de que llegue algún tipo de ayuda.
Empieza a tambalearse y comienza a ver todo el paisaje borroso, casi no puede distinguir el reloj de la iglesia. No le queda mucho tiempo. Está harto de ver como todo símbolo o forma de pensar que quizás hubiesen valido algo en este mundo se hayan usado para los intereses de pocos, o de muchos. Ideologías enteras se imprimen en camisetas de 10 euros, rostros de personas son usadas como puro marketing e incluso actos tan íntimos como este empiezan a perder el sentido en este mundo sin rumbo. El joven ha llegado a su límite y se tira al vacio.
La caída es terrible pero no siente dolor alguno, tan sólo un gran impacto. Aún puede ver cuando la gente empieza a arremolinarse en torno a su cuerpo desecho. No ha dejado carta alguna, y su vida no era ningún infierno, pero odia que las personas conviertan algo tan especial como esto en algo asquerosamente rutinario y normal.
8 marzo 2009 a 8:14 pm
Me ha encantado, lo he releido mas de una vez para poder recordarlo sin tener que leerlo. Ha sido una lectura entretenida y empapada de tus propias ideas , se nota que es tuyo y eso me gusta. Sinceramente, hasta ahora este es el mejor. Espero que postees más y tan bien para que pueda recificar lo anterior y volver a llamarlo mi preferido.
9 mayo 2009 a 2:40 pm
A mí también me ha gustado, voy a leerlo otra vez con más detalle.